Amparo Sard, en el árbol de la luz y de la sombra

Amparo Sard, en el árbol de la luz y de la sombra

Amparo Sard, en el árbol de la luz y de la sombra

Antes de ingresar en la penumbra de la capilla donde suena el Officium Defunctorum de Cristóbal de Morales y aguarda la instalación central dePaisaje Umbrío --la individual que Amparo Sard (Mallorca, 1973) inauguró el viernes en el Museo Juan Barjola-- el visitante es recibido en el vestíbulo por una serie de dibujos y un vídeo. Solo una sugerencia para el recorrido: si se empieza por el vídeo, se pasa después a la capilla y se remata, fuera de nuevo, con la visión de los dibujos, del "peregrinaje", como lo llama Sard, va brotando con una suave coherencia toda la complejidad que se encierra bajo la belleza y la envolvente inmediatez de estas piezas. Una coherencia que se percibe aún mejor si se guarda memoria de trabajos anteriores vistos en varias ocasiones en la galería gijonesa Espacio Líquido: esas delicadas escenas entre el paisaje, el autorretrato y el bodegón geométrico que la artista mallorquina hace brotar de la piel del papel en blanco mediante minúsculas perforaciones que evocan por igual la delicadeza de una artesanía y el dolor de una punción, o en su esculturas e instalaciones, basadas en volúmenes suspendidos en un espacio paradójico entre la ligereza y la monumentalidad.

Los algo más de tres minutos de Hauptpunkt (Esencia) muestran en formato vídeo una escena de belleza sosegada e inquietante: primero, un prisma transparente que alberga una planta en un pequeño sector de suelo boscoso;  luego, tomas muy cercanas de ese mismo suelo, cuya vegetación va siendo invadida poco a poco por un fluido de aspecto mercurial, pero también en cierto modo orgánico, viviente. La imagen regresa al prisma, que recoge ahora sobre su superficie imágenes del fluido en su avance, alternándose con otras tomas de las simetrías que la sustancia provoca al ir cambiando, quizá reflejada por las aristas del cubo. En cierto modo, las pequeñas partículas grises que flotan desplazándose en el fluido recuerdan los puntos horadados que constituyen el rasgo más identificable del idioma plástico de la artista; pero esta vez no son oquedades, sino presencias, sus formas son azarosas y cambiantes y, como en un test de Roschach viviente, sus simetrías se escapan y desafían constantemente la tentación de encontrar en ellas una figura, una interpretación.

Naturaleza, mirada, naturaleza

Amparo Sard explica que se ha valido de una peculiar sustancia a base de mineral de cromo en polvo para filmar este proceso en el que la naturaleza se ve envuelta lentamente en algo en apariencia ajeno a ella. Sus tres minutos y pico no solo inquietan e hipnotizan por su extraña belleza; encierran algo parecido a un poema visual o un microensayo en imágenes sobre las diferencias entre mirada y mundo, pero también sobre su unidad profunda; sobre el modo en que la representación --la conversión del mundo en paisaje--es capaz de alterar esa unidad, de seccionarla al modo en que una prueba clínica de imagen secciona un organismo, generando algo que ya no es naturaleza; pero también sobre el modo en el que esa interrupción artificial y momentánea del flujo de la vida pasa, a su vez, a formar parte de nuevo de aquella gran totalidad en movimiento.

En términos artísticos, Sard invita a pensar sobre la lentitud de la mirada, sobre la contemplación como forma de interpretación, puede que también sobre integración (¿la superación?) del arte como mero artificio que solo encuentra su sentido al reintegrarse en el orden superior de la naturaleza.